El tiempo con precedencia sobre el espacio
propuestas e itinerario sinodal del Seminario Mayor Nacional de la Asunción
Desde el Seminario Mayor Nacional de la Asunción, su rector, el P. Omar Arturo Carrera Campos, ofrece una reflexión articulada en dos partes: un itinerario formativo pensado en clave sinodal, y un conjunto de actividades ya en marcha que encarnan esa clave en la vida cotidiana de la comunidad.
El tiempo tiene precedencia sobre el espacio
El punto de partida es un principio orientador: el tiempo tiene precedencia sobre el espacio. En este sentido, el Seminario, más que un espacio concreto, es ante todo un tiempo determinado de formación intensa e inicial para la formación sacerdotal. De ahí que este tiempo deba estar mejor equilibrado en lo que respecta a las distintas dimensiones de la formación integral.
La Etapa del Encuentro (propedéutica), fundamental para todo el desarrollo posterior, podría constituirse en dos años. El primer año estaría enfocado esencialmente en tres aspectos: el discernimiento vocacional presbiteral, la madurez humana —entendida como conocimiento personal y de la propia historia— y la espiritualidad cristiana, a través de un itinerario formativo catecumenal centrado en la identidad del bautizado como hijo amado y hermano solidario. Este primer año debería guiarse como un tiempo intenso de retiro espiritual, sin introducir cursos teológicos ni filosóficos, favoreciendo en cambio un acercamiento profundo y cotidiano al Evangelio, en lectura y reflexión personal y comunitaria; incluso podría prescindirse de la liturgia de las Horas para centrarse en Cristo y su mensaje. Es importante, además, comenzar ya una nivelación académica, especialmente en lectura, comprensión lectora, expresión verbal y espíritu crítico.
El segundo año de la Etapa del Encuentro debería continuar con la misma dinámica, orientándose además a que el seminarista adquiera gusto y hábito por la lectura, la cultura y las artes. En América Latina —aunque el problema es global— el nivel académico de partida suele ser bajo, por lo que resulta importante nivelar especialmente al seminarista en ciencias humanas y sociales, abriendo horizontes más allá de los asuntos eclesiales. El objetivo de este año es que el seminarista alcance un mejor nivel intelectual y se interese por todo aquello que afecta al ser humano. Al finalizarlo, podría pensarse en una experiencia pastoral de al menos dos meses en lugares de misión, barrios periféricos, voluntariado o trabajo con migrantes: experiencias vividas junto a otros jóvenes, no necesariamente católicos, que confronten al seminarista con las realidades marginadas por la sociedad y a veces olvidadas por la Iglesia, para verlas, conocerlas, compadecerse de ellas y acompañarlas.
La Etapa del Discipulado, dedicada al estudio filosófico, podría durar dos años, concebidos como un itinerario de liberación interior y mental cimentado en la práctica de la escucha y el diálogo en el Espíritu. Se recomienda, una vez al mes, realizar la práctica sinodal de la escucha y el diálogo en grupos de 5 a 10 jóvenes sobre temas diversos. La pastoral semanal o quincenal debe seguir enfocándose en ambientes fuera del espacio eclesial, insertando a los seminaristas en la vida concreta de los fieles —niños, jóvenes, migrantes, personas privadas de libertad, enfermos—. En estos años debe ponerse en marcha, además, una formación en valores, junto con el crecimiento continuo en la lectura y el espíritu crítico.
En la Etapa de Configuración se puede pensar que los seminaristas vivan una experiencia fuera de las instalaciones del Seminario: de los cuatro años de estudio, dos podrían vivirse en una parroquia, en una institución eclesial o de servicio social, o incluso en una familia cristiana, para tener mayor contacto con el laicado y sus contextos.
Siete propuestas para una formación sinodal
Junto al itinerario por etapas, se proponen siete líneas de acción concretas. La creación de un Consejo Sinodal que incluya a formadores, rector, seminaristas y trabajadores del Seminario, con competencia sobre la convivencia, la elaboración de normas y reglamentos internos, la vida comunitaria y las decisiones importantes. La escucha activa de los seminaristas, mediante espacios donde puedan expresar inquietudes y propuestas sin temor. Una formación humana integral, centrada en habilidades sociales y emocionales que faciliten el trabajo comunitario. Un acompañamiento humano personalizado, ofrecido como mentoría que atienda las necesidades espirituales, psicológicas e intelectuales de los seminaristas, y que incluya explícitamente a la mujer en este acompañamiento. Una formación académica centrada en una eclesiología del Pueblo de Dios y en el estudio de los principales textos del magisterio sobre la sinodalidad, en diálogo entre tradición y renovación, con énfasis en la teología del Vaticano II y en las Conferencias del Episcopado Latinoamericano. Y, por último, el desarrollo de una espiritualidad encarnada: crear las condiciones para que los seminaristas maduren una espiritualidad no separada de la construcción del Reino de Dios, es decir, de la promoción de una vida más digna y plena para todos, sostenida por la conciencia y la confianza en la presencia de un Padre bueno que acompaña.
Actividades realizadas en clave sinodal
Estas líneas ya encuentran expresión concreta en la vida del Seminario. Las Pequeñas Comunidades de Vida (PCV) reúnen semanalmente a pequeños grupos de seminaristas que comparten la vida, oran juntos y crecen humana y espiritualmente en comunidad. Cada quince días, además de en Semana Santa y a fin de año, los seminaristas realizan una experiencia pastoral en alguna parroquia de su diócesis o de otra diócesis.
Una semana de formación humana se orienta al conocimiento de la propia vida e historia, y a la formación en habilidades de liderazgo y en la gestión de las emociones y de las distintas inteligencias —interpersonal, intrapersonal, pastoral, espiritual, sexual—. El acompañamiento personalizado se realiza con profesionales de la psicología, en su mayoría mujeres. Dos talleres de formación sobre la realidad nacional buscan formar a los seminaristas en las realidades sociales, ecológicas y políticas del país, y cada semestre los propios seminaristas evalúan por escrito el caminar de la comunidad. Se realizan también dos encuentros de diálogo entre formadores y seminaristas sobre temas importantes para la comunidad, en un contexto de mayor presencia de la mujer en la formación académica.
El Seminario ha desarrollado igualmente prácticas ecológicas y sociales: una pastoral social-ecológica con iniciativas de concientización, formación, clasificación de residuos y colectas para los más necesitados de la comunidad, junto con el acompañamiento en marchas de la sociedad civil sobre temas de anticorrupción y defensa del medio ambiente. La organización interna sigue una lógica sinodal, con 14 comisiones —liturgia, sacristía, trabajo de campo y jardines, cultura, biblioteca, lavado de platos, entre otras— en las que cada seminarista participa y sirve. Finalmente, se realizan encuentros festivos y deportivos entre las distintas etapas de formación y entre seminarios.