Mensaje a los sacerdotes, diáconos y seminaristas para el Jueves Santo 2026
Queridos hermanos:
En este día santo, en el que la Iglesia hace memoria de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial, deseamos llegar a todos vosotros, en cada parte del mundo, con un pensamiento de profunda gratitud, de afecto fraterno y de sincero aliento.
Hoy contemplamos al Señor Jesús que, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). En su amor «hasta el extremo» se cumple el misterio de nuestra salvación: Él se inclina para lavar los pies a los discípulos y se entrega como Pan partido, confiando a la Iglesia el don infinito del sacerdocio y de la Eucaristía. Es de este amor de donde nace nuestra vocación y a este amor estamos continuamente llamados a conformar toda nuestra vida.
Queremos deciros, ante todo, ¡gracias! Gracias por vuestra fidelidad cotidiana, a menudo silenciosa y escondida. Gracias por vuestro «sí», renovado cada día, incluso en las fatigas, en las soledades y en las incomprensiones. Gracias porque, a través de vuestro ministerio, Cristo continúa haciéndose cercano a su pueblo, para sanar, perdonar y alimentar.
El Santo Padre León XIV, durante el Año Santo de la Esperanza, nos ha recordado que «el sacerdote es un amigo del Señor, llamado a vivir con Él una relación personal y confiada, alimentada por la Palabra, por la celebración de los Sacramentos y por la oración cotidiana. Esta amistad con Cristo es el fundamento espiritual del ministerio ordenado, el sentido de nuestro celibato y la energía del servicio eclesial al que dedicamos la vida. Ella nos sostiene en los momentos de prueba y nos permite renovar cada día el “sí” pronunciado al inicio de la vocación» (Discurso a los participantes en el Encuentro Internacional “Sacerdotes felices – «Os he llamado amigos» (Jn 15,15)”, promovido por el Dicasterio para el Clero con ocasión del Jubileo de los Sacerdotes, 26 de junio de 2025).
El sacerdocio —lo sabemos— no es un rol que desempeñar, sino un don que custodiar con corazón agradecido y lleno de asombro, porque cada sacerdote es hombre de la Palabra y de la Eucaristía, modelado cada día por lo que celebra. Las palabras del Santo Padre nos invitan a volver siempre al Cenáculo, fuente de nuestra identidad: allí descubrimos que no estamos definidos principalmente por lo que hacemos, sino por el amor infinito con el que Cristo nos ama.
Bajo esta luz, deseamos entregaros dos palabras que brotan directamente del misterio que celebramos: sacrificio y servicio. El sacrificio, en su verdad más profunda, no es ante todo renuncia, sino don: es ofrecer la propia vida para que esté totalmente orientada al amor de Dios y de los hermanos. Estamos llamados a vivir como hombres entregados, consagrados, que encuentran en la Eucaristía la fuente y la cumbre de su propia existencia. Es en el altar donde nos dejamos configurar por Cristo, recibiendo la fuerza para acompañar, perdonar y consolar. El servicio, por su parte, es la forma concreta de este amor. «También el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45); Él, que en la Última Cena lavó los pies a los apóstoles: esta es la medida del ministerio ordenado. Vivir de modo eucarístico significa vivir en el horizonte del don de sí, haciendo de la propia vida una ofrenda para todos. Solo así nuestra acción pastoral será plenamente evangélica y fecunda.
Queridos hermanos, no os desaniméis ante las dificultades de nuestro tiempo. Incluso cuando el terreno parece árido y la semilla tarda en germinar, el Señor continúa actuando. Él nos ha elegido, nos ha consagrado y nunca nos abandona. Sed, por tanto, sacerdotes de corazón abierto, capaces de cercanía, de escucha y de compasión; hombres de comunión, signos creíbles de una Iglesia sinodal y misionera; testigos alegres del Evangelio, incluso cuando esto implica sacrificio. Sentíos unidos como presbíteros, en comunión con vuestros obispos ante quienes renováis las promesas sacerdotales en la Misa crismal, «por una íntima fraternidad sacramental» y, en vuestro presbiterio, «por vínculos particulares de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad» (PO 8).
Un pensamiento especial va también a los Hermanos Diáconos, que con su servicio generoso y discreto hacen visible la caridad de Cristo Siervo: vuestro ministerio es precioso y necesario para la vida de la Iglesia, hoy más que nunca.
Y a vosotros, queridos seminaristas, que os preparáis con dedicación al sacerdocio: no tengáis miedo de entregar toda vuestra vida al Señor. Custodiad la alegría de la llamada y dejaos formar cada día por su amor. La Iglesia necesita vuestra autenticidad, vuestro entusiasmo y vuestra fe.
Nos encomendamos todos a la Virgen María, Madre de los sacerdotes, para que nos acompañe en el camino que en este Jueves Santo se abre ante nosotros y nos enseñe a vivir con humildad y fidelidad el don recibido.
Mientras nos comprometemos a sostenernos fraternalmente en la oración mutua, os deseamos un Triduo Santo fructuoso, de íntima unión con el Señor Jesús.
¡Que el Resucitado nos conceda la luz que disipa las tinieblas y la paz que sana todo conflicto!
Card. Lazzaro You Heung-sik
Prefecto
✠ Carlo Roberto Maria Redaelli
Arzobispo Secretario